
Cuando abrí la puerta esa tarde, después de escuchar sonar el timbre repetidas veces, me sorprendió verla llorando; no es del tipo de personas melancólicas, en realidad, es de esas personas que no tienen ningún motivo para que la tristeza entre en su vida. Se tiró en uno de los sillones blancos y comenzó a contarme una bella historia de amor, SU historia de amor. Me explicaba cómo lo había conocido una tarde de otoño en un pequeño café, recordaba el momento en que sus miradas se cruzaron por primera vez, la forma en que su corazón se derretía cada vez que él le decía cosas bellas y su primer beso, tan dulce y tierno, que tan sólo había sido ayer.
Era una historia maravillosa, digna de ser envidiada por muchas mujeres, pero ella lloraba. Lloraba amargamente, y yo, confundida le pregunté:
-Pero, ¿por qué lloras?
-¿Es que no lo entiendes? -contestó melancólicamente- ¡Me he enamorado!